Por Guillermo Paredes
Las fuentes primarias son medios o artefactos que nos proporcionan información de primera mano, estas pueden ser físicas, visuales, orales, impresas incluso multimedia; tienen la característica de no sufrir alteración alguna desde el día de su creación, por lo que el contenido intacto nos arroja en un momento histórico y nos ofrece material informativo de dicho momento.
Cuando estudiamos acerca de un tema es prácticamente obligatorio recurrir a las fuentes escritas, pero la apertura a otro tipo de fuentes enriquece y diversifica el conocimiento; por ejemplo la fotografía perfecto objeto de estudio en el que se puede apreciar las prácticas socioespaciales y los escenarios en el que se desarrollan; el multiforme y maravilloso siglo XIX concebiría uno de los mayores adelantos tecnológicos de la humanidad, una imagen de la realidad de las sociedades y su acontecer, un documento gráfico que también tiene su lectura y quién la lee tiene que descifrar la visualidad de la época y transformar esa rica información (uso de espacios públicos y urbanos, vestimenta, cultura, cotidianidad) en un retazo de la realidad.
Esperando a mi gachí para ir al Madoka pasó un pícaro a quien ubico por rondar el centro histórico trapicheando fotografías de una Guadalajara que ya no existe; me reconoció meses después de comprarle algunas fotos del “Progreso” y simpatizar por nuestro resentimiento hacia la destrucción de dicha zona donde se encontraba la vieja plaza de Toros. ¿Qué traes ahora del Progreso? Repasamos aquel manojo de fotografías hasta dar con la que enseguida les comparto. Cuando te aficionas por un tema quedas maravillado constantemente es cierto, pero también te topas con algunas trancas informativas; por ejemplo en mi corta experiencia tratando de reunir y repasar información acerca de la Guadalajara taurina podría decir que la documentación gráfica y de acceso público tiene sus limitaciones, quizá mucho se encuentre en acervos privados… le agradezco a mi pícaro y espabilado amigo, que aficionado a la historia de la ciudad y con un trabajo propio de investigación me obsequió una joya documental.
Mi amigo en cuestión asegura que la fotografía fue realizada en 1886, yo no podría asegurar con exactitud el año, pero sí que es la más antigua que haya encontrado hasta el momento, coincide con la proliferación de equipos fotográficos en una ciudad tan importante como lo fue Guadalajara y si comparamos las modificaciones que sufrió el recinto en el transcurso del siglo XX estamos presenciado la estampa que muy probablemente lució la plaza de Toros el Progreso inicialmente. Vemos una imagen dirigida hacia el oriente de la ciudad, en la que dos recintos se apoderan del espacio, dos edificaciones que bien pueden ser interpretadas como símbolos de modernidad para una ciudad decimonónica, la vegetación que se aprecia alrededor del “Progreso” quizá es una reminiscencia del terreno donde se erigió; las huertas pertenecientes al “Cabañas” y en un breve lapso de tiempo la ciudad dejaría de conocer aquel circo como el del Hospicio y lo bautizaría con la palabra insignia del siglo XIX, El Progreso.
En el estudio titulado De la luneta a la barrera (un tanto difícil de conseguir) la Dra. Nora Escalante explica la magnitud e importancia de una edificación como la plaza de Toros el Progreso, pues es el reflejo mismo de la sociedad, la cual requiere espacios y recintos correspondientes y congruentes con la jerarquía de la ciudad; además nos explica Escalante que este tipo de edificaciones no es solo valiosa en su historia temática, por ejemplo si vamos a la Tauromaquia de Paquiro auténtico documento revolucionario y progresista en dónde se refiere a las plazas de Toros, si cerramos los ojos parece que Paquiro se refiere a la plaza del barrio de San Juan de Dios, y quienes la construyeron estaban conscientes del moderno tratado; además que el edificio se incrusta en la idiosincrasia de los habitantes como parte de su cotidianidad y una manera de entender su entorno, pueden realizar un ejercicio de historia oral y comprobar la tesis con quienes hayan vivido la transición de la destrucción de esa zona histórica.
Llegué al Madoka, y mi engallada y entipada mujer no comprendía como llegaba otra vez tarde solo por hablar de Toros, fue ahormando la embestida conforme vino la jama y el café, mientras yo defendía mi postura respecto al valor de la fotografía, arriba de nuestro apartado en el café una fotografía aérea de la zona de barranquitas de la primera mitad del siglo XX, ahí sobresalía orgullosamente la placita de la Lidia heredera de la época de oro mexicana… un período que rebosó de afición a los Toros y que en Guadalajara requerían de otro recinto además del perfectamente consolidado para que la creciente ciudad celebrara su cosmogonía.
No habría que ver a Guadalajara como la ciudad más importante del occidente que contaba con un espectáculo o divertimento más para la época, si no una ciudad que consolidó su divertimento predilecto a través de la utilización de sus espacios como lo fue en un principio para la naciente sociedad novohispana el uso de las plazuelas principales de la ciudad así como fueron surgiendo las primeras plazas en sitios donde los tapatíos no nos imaginamos que corrieron Toros; las primeras tapias se montaban en placitas provisionales, como en la plazuela principal, Santo Domingo o atrás del colegio de niñas de San Diego, así como antes de la existencia de un magnífico teatro Degollado en la plazuela de San Agustín lidiaron Toros a muerte como también sucedió en la popular plaza de Venegas en lo que conocimos como el histórico mercado Corona. El juego con los toros se fue arraigando y regulando en la ciudad de Guadalajara y la creación de diversas plazas a lo largo del siglo XIX lo puede constatar; algunas seguían con la modalidad provisional como la de Alcalde frente al jardín botánico o la de la Unión mejor conocida como la del “callejón del diablo”, sitio donde actualmente juguetean los “niños miones” al igual que la del Porvenir que posteriormente se reconstruyó como la Lidia u otras de corta vida como la Libertad construida donde ponían la provisional de Alcalde o la de la Estación del ferrocarril en las inmediaciones del Agua Azul.
Muy lejano nos encontramos de aquella ciudad que respiraba Toros por sus calles, claro que la ciudad al ser punto elemental en la geografía taurina mundial siempre contó con cosos de primerísima categoría paras sus festejos, pero también había fiesta en sus lienzos charros, cortijos y placitas en poblaciones aledañas que poco a poco han caído en el olvido. A inicios de julio la asociación Jalisco por su Cultura y Tradiciones anunció una serie de novilladas como su propuesta para acrecentar la actividad taurina en nuestra región y promover los prospectos de la novillería local; la situación de la fiesta nacional es desesperanzadora, pero esta iniciativa es un paso para que la afición retome y ocupe esos sitios de los que el marasmo y conformismo se adueñaron. Los que perdimos la cabeza por esta maravillosa fiesta nos encontraremos los próximos sábados en el Lienzo Charro Zermeño y compartiremos una experiencia que nos une como sociedad, esperemos que pronto volvamos a escuchar de Toros en la radio, en la tele, en los cafés, billares, parques, mercados, en el autobús y en la calle, pues Guadalajara ha sido torera toda su vida.