Hace unos años, durante una breve estancia en Alemania, me plantearon una pregunta tan profunda como inusual: Para ti, ¿qué es lo más sagrado?
Entre las múltiples respuestas posibles —la libertad, la verdad, la familia— elegí a la paz. Una elección que atribuí al paso del tiempo y a la reflexión, ya que he descubierto que si bien el concepto de la paz ha tenido diversas connotaciones a lo largo de las distintas épocas y culturas, todas sus definiciones convergen en un mismo núcleo: la armonía, el cese de la destrucción y el llamado a la unidad, lo que en sí deriva a la consolidación de la libertad, la verdad y la familia.
La etimología misma nos revela la riqueza de su evolución. En el mundo romano, la palabra proviene del latín pax, vinculada al pacto y a los acuerdos entre pueblos. Sin embargo, en mi opinión, la perspectiva más reveladora nos la heredó la Grecia antigua a través de la diosa Eirene (o Irene), cuyo nombre significa literalmente «paz».
En la mitología griega, Eirene no era una figura aislada: era hija de Zeus, el dios supremo, así como de Temis, la diosa de la justicia y el orden divino. Esta genealogía no es un mero detalle mitológico; refleja una intuición filosófica extraordinaria: para los griegos, la verdadera paz no es la simple ausencia de conflicto, sino la consecuencia natural de la justicia y el orden.
Comprender la paz desde sus raíces nos invita a resignificarla en el presente y a preguntarnos, para cada una y uno de nosotros ¿qué es lo más sagrado?