COLUMNAS
Otra vez, la lucha popular
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1 mes agoon
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Por Mariano Cariño Méndez
Escribía Herman Melville en su Moby Dick: “Una vez terminada una muy peligrosa y
larga expedición, sólo comienza una segunda; y concluida una segunda, sólo comienza una
tercera, y así por siempre jamás”. Tal vez la vida de la clase trabajadora, una vez terminada
una extenuante jornada de trabajo: solo queda “descansar” para poder estar listo para una
segunda y así por siempre. Suena crudo, pero es la realidad cotidiana de los que solo tenemos nuestra fuerza de trabajo para poder intercambiarla por un salario. Se busca colmar al individuo para que no preste atención a lo que es capaz de lograr si se juntara con los iguales a él; se busca (a largo plazo) domesticar las aspiraciones de la gente, hacerles creer que no hay alternativas posibles y matarles todas las esperanzas. Salvo que el pueblo reaccione y actúe.
El actuar debe surgir del reconocimiento del otro, de darse cuenta de que son víctimas del mismo problema.

Este reconocimiento es precisamente lo que el sistema intenta erosionar en la base de
la clase trabajadora, ya que el modo de producción capitalista apuesta por el aislamiento de
los individuos y la apatía generalizada, no solamente en su centro de trabajo, también en la
sociedad en su conjunto, para poder perpetuarse. No solo se extrae plusvalía del trabajador,
sino que se le bombardea constantemente para poder fragmentarlo, transformarlo en una
pieza atomizada que, al desconocer su fuerza colectiva, queda reducido a una mercancía más.
Sin embargo, esa atomización no es infalible; los seres humanos guardamos reservas de coraje que a veces son inimaginables. Romper el aislamiento implica entender que la precariedad no es un fallo individual, sino un síntoma sistémico que solo puede ser confrontado mediante la construcción de la solidaridad combativa de los que la padecemos. Se necesita tomar un papel activo y organizado que desafíe la lógica del capital, pues es únicamente a través de esa acción colectiva consciente como se han forzado las grietas en el sistema para arrancar derechos que hoy parecen naturales.
El desarrollo del capitalismo condujo a protestas de denuncia contra las condiciones
inhumanas creadas por las jornadas extenuantes, los salarios miserables y la ausencia de
protección estatal. Los derechos conquistados por la clase trabajadora han sido producto de la
lucha de la misma, nadie le ha regalado ni un ápice. Algo que pareciera demasiado común
tiene un pasado de lucha combativa. Una muestra de ello es la conquista de la jornada de ocho horas en 1886, un derecho que hoy se da por sentado, pero que fue posible gracias a la
movilización de más de 300 mil trabajadores en EE. UU. Nuestro país también ha sido
muestra de resistencia con las huelgas de Cananea (1906) y Río Blanco (1907), en donde más de 10 mil trabajadores lucharon por mejores condiciones laborales.

Por último, la Revolución Rusa de 1917, lucha que encabezaron los obreros y campesinos por una vida digna, derrocando al gobierno zarista que los tenía sumidos en la miseria. Los resultados obtenidos son producto del compromiso y de la lucha popular. La clase trabajadora tiene memoria de lucha y de lo que es capaz cuando se organiza.
Los gobiernos de México, bajo el modo de producción capitalista, extienden la
injusticia de las fábricas a la vida cotidiana, esa que se vive todos los días, desde que se
levantan hasta que regresan después de haber concluido sus labores diarias. Según datos del
INEGI, en México tan sólo el 32.5 por ciento de la población nacional, es decir, no tiene
carencias de ningún tipo, cosa contraria al 67.5 por ciento que tiene carencias de todo tipo, y
entre ellos 44.5 millones de personas carecen de acceso a los servicios de salud y otros 24 Millones tienen atraso educativo.
Junto a ello, el rezago en infraestructura social por falta de inversión, sobrecostos en obras públicas y una distribución ineficiente de los recursos públicos. Acciones que repercuten directamente en la calidad de vida de millones de mexicanos. Cifras del INEGI revelan que la Población Económicamente Activa (PEA) en México es de 61.8 millones de personas. De ellas, el 54.8 por ciento, equivalente aproximado a 33 millones, se encuentra en condiciones de informalidad.
Por último, en un análisis realizado por Máximo Jaramillo, director del Instituto de
Estudios sobre la Desigualdad (Indesig), titulado “¿Derechos o privilegios?”, informa que el
10 por ciento más pobre en México apenas recibe dos mil 168 pesos mensuales por persona
(70 diarios); mientras que el 10 por ciento más rico percibe 140 mil 998 pesos mensuales por
persona. Además, el uno por ciento de los más acaudalados obtiene 958 mil 777 pesos al mes
por individuo, equivalente a 442 veces más que los más pobres, de tal manera que el uno por
ciento de los más ricos acapara 35 por ciento de los ingresos del país, mientras que los hogares más pobres concentran sólo dos por ciento de la riqueza nacional. Mientras los más pobres gastan sus ingresos en necesidades básicas como alimentos y vivienda (derechos que deberían estar garantizados por el Estado), así como transporte, los hogares más ricos invierten en educación privada, esparcimiento y transporte de lujo. Los más pobres destinan una tercera parte de sus ingresos a pagar la renta de vivienda y cerca del 10 por ciento al transporte público.

Una cosa es leer cifras sobre pobreza y otra cosa es ver las condiciones espantosas en
las que vive la clase trabajadora. Hay una sola manera de enfrentar todas estas cuestiones. Si
uno está solo, no puede hacer más que lamentarse por la situación, pero si se une con los
suyos, puede cambiar las cosas.
El pasado mes de diciembre se anunció el incremento al transporte en el estado de Jalisco, una medida (como siempre) de transferir los costos de los ricos a los pobres. Dicho incremento entraría en vigor a partir del 1 de abril de 2026, pasando la tarifa del transporte público de 9.5 a 14 pesos. Un duro golpe a la economía de la clase trabajadora. La inconformidad social no se hizo esperar; la respuesta de la ciudadanía fue la organización y la manifestación pública. Miles salieron a marchar y recabar firmas para revertir dicha imposición disfrazada de “ajuste técnico”. En las principales avenidas de la capital tapatía resonaba una consigna: #NoAlTarifazo. La clase trabajadora no pedía favores; exigía (y exige) mejores condiciones de traslado que repercuten directamente en su calidad de vida.
Tras meses de lucha, el pasado 5 de marzo de 2026 y a tan sólo un día de la visita de la
presidente de la República a Guadalajara, el gobernador del estado, Pablo Lemus Navarro,
anunció a través de redes sociales que la tarifa del transporte público se fijó en 11 pesos y no
en 14, como se había anunciado previamente. Además, señaló que ya no es necesario portar y tramitar la tarjeta “La Única al Estilo Jalisco” para acceder a la tarifa, operada por la
financiera Broxel que, dicho sea de paso, en 2020 recibió una amonestación de la Comisión
Nacional Bancaria y de Valores (CNVB) por “incumplir con las disposiciones en materia de
prevención de operaciones con recursos de probable procedencia ilícita”. Algo debemos tener
sumamente claro, dicho revés en la posición sobre la tarifa al transporte público no fue
producto de la benevolencia de los gobernantes en turno; de ninguna manera. Fue producto
de la manifestación e indignación popular de miles de jaliscienses. Una muestra más de lo que
puede lograr la clase trabajadora cuando se organiza y lucha.
Históricamente, los pueblos no han tenido otra posibilidad más que la de luchar por
conseguir mejores condiciones de vida: luchar y luchar. Los problemas sistemáticos salen a la
luz todos los días y exigen que la clase trabajadora asuma nuevamente su papel, recuerde los
derechos que ha conquistado a base de la lucha popular y que tenga presente, hoy más que
nunca, que la lucha por la liberación definitiva de nuestra clase no termina nunca. Hoy es el
logro contra el tarifazo, mañana deberá ser la conquista por el poder político de nuestro país
para construir una sociedad más justa, en donde todos puedan vivir dignamente. Hasta
entonces, la lucha sigue.
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